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7 de septiembre de 2013

Lectura recomendada SEPTIEMBRE: La biblia de barro, de Julia Navarro

Hace poco he estado en mi sitio para desconectar y por el que empecé este blog hace ya tres años. Y he desconectado muy bien durante unos días en los que he tenido tiempo para ver atardeceres, disfrutar del silencio, despertarme con los pájaros y leer, leer mucho. Me llevé varios libros, pero cuando acabé uno de ellos, que fue una decepción (así que no lo veréis aquí recomendado ;)), una amiga me recomendó uno de Julia Navarro.
la biblia de barro, julia navarroBajé a Montblanc y entré en una de sus cinco librerías dispuesta a comprar la recomendación. Como no lo tenian, terminé comprando otro de la misma autora. Más de setencientas páginas en un libro de bolsillo pueden asustar... pero me ha conseguido enganchar desde el principio hasta el fin. Y el final es sorprendente, impactante y para mi es lo más difícil de un libro: que acabe incluso mejor de como se ha ido desarrollando. Me ha hecho reir, llorar, sentir repugnancia y apasionarme con la arqueología. Y sobre todo, creo que la autora consigue su propósito de ser un canto contra la guerra y el mundo como es. Y todo con rigor histórico.

Totalmente recomendable. Ya sabéis que os lo presto si estáis por aquí. Leeré más de esta autora. Gracias Carol por recomendarmela.

28 de agosto de 2013

Miércoles mudo: me quiero quedar aquí

atardecer en prenafeta, tarragona
Prenafeta, Tarragona

21 de agosto de 2013

Miércoles mudo: paraguas voladores contra el calor

paraguas de colores en reus, tarragona
Reus, Tarragona
Gracias Liok por hacerme descubrir esta calle ;)

20 de agosto de 2013

De 32 jabalís, 3 colibrís, una culebra y dos cabras

Y no, no es que haya estado en el zoológico, o el calor esté haciendo mella en mi y esté viendo bichos y culebras. Pero podría ser una manera de resumir mi semana en Prenafeta, ese pueblo donde se acaba la carretera a donde me gusta escaparme cada vez que tengo ocasión y necesito desconectar.

Me gusta pensar que las cosas están relacionadas entre sí y pasan por algo. Y cuando tienes tiempo para observar y escuchar, se ve claro.

Volviendo de Montblanc hacia Prenafeta, en una de las curvas de los apenas cuatro kilómetros que separan los dos sitios, un pajarito, azul eléctrico, con el cuello verde y el pico larguísimo, se sostenía agitando las alas a una velocidad increíble en medio de la carretera. Iba muy despacio, pero aun eso frené, y comencé a pitar: "¡muévete!¡que no quiero atropellarte!" le gritaba como si pudiera oirme. Dos metros más allá, otros dos pajaritos, iguales, estaban también en medio de la carretera. Fue entonces cuando vi al cuarto, aplastado sobre el asfalto. Apenas se podía distinguir una pluma azul que se movía con el viento en un intento desesperado de volver a volar. Seguí pitando hasta que se fueron. ¿Colibrís? Mi conocimiento del mundo de los pájaros es nulo, pero ¿podría ser?
Investigando por la red, me enteré de que era imposible que fueran colibrís, ya que sólo existen en el continente americano. Pero no me quedé conforme, y lo comenté con mis amigas, que vinieron a conocer el lugar unos días.

Dos días más tarde, después de que Ramón nos contara que hay 32 jabalís (contados, eh?) por la zona que estaban estropeando los cultivos, e ir en el coche, cerca de media noche, bromeando con la hora de actividad de esos animales, en la misma curva, apareció el supuesto "colibrí"... frenazo, espera, risas, "gorrión común" y ojos con rayos gamma de por medio, proseguimos la marcha. Y dos curvas más tarde, allí estaban, justo acabando de cruzar la carretera: dos de los treinta y dos jabalís. Un minuto antes y nos los comemos. El pajarito hizo que nos retrasáramos el tiempo suficiente para verlos en la cuneta y no sobre el parachoques.

Al día siguiente, un poco más adelante, un metro de culebra atropellada en la carretera. Y Noe intentando determinar si era culebra o víbora cuando aparece Ramón, por arte de magia, para darnos una lección y un veredicto. Era una culebra. Qué pena que hubiera sido atropellada.

Bromeábamos con haber cubierto el cupo de bichitos (aparte de los humanos, que de esos hay siempre), cuando para rematar, cerca de Haro, ya volviendo a casa, en plena autopista, veo un bulto negro... "joxxx, ahí hay un perro, o algo negro...allí quieto..." Mientras decelero, pasamos junto a dos cabras, aterrorizadas, inmóviles, en pleno carril de adelantamiento. Llamada al 112. Parece que habían incluso saltado la mediana, ya que tenían otro aviso de que estaban en la otra dirección...

Espero que las cabras pudieran volver al monte y que ningún pajarito ni reptil más haya sido atropellado. Aunque seguirá pasando. Comentábamos que parece que los bichos cada vez están más "tontos". Yo me inclino por pensar que cada vez tienen menos sitio para estar, porque lo invadimos todo, y no les queda otra que aventurarse.

Y me gusta imaginar que las cabras estaban protestando, aunque muertas de miedo, por el ruido continuo de la autopista que no las deja descansar. Y que dos minutos después de pasar, desplegaron una pancarta pidiendo espacio y soledad ante la atónita mirada de los policías motorizados que fueron a intentar despejar el carril.

7 de febrero de 2012

El vino en la Conca del Barberá



Ramón me hace esperar un rato porque justo ha llegado una habitación. Mientras espero, observo el pueblo un poco más detalladamente y me doy cuenta de que hay  dos tipos de casas. Las totalmente abandonadas y las que están a todo lujo de detalle. Nada intermedio.
Llega como es, tranquilo y abre una puerta que da al sótano de la casa donde vive. En una mitad vive él con su mujer y sus hijos y la otra la ha convertido en casa rural para seis personas. El sitio está lleno de artilugios para hacer vino. En cada rincón se amontonan cosas difíciles de ver… un tonel del siglo quince, en el que todavía las tablas no están rodeadas de metal, sino de madera, porque el metal era muy caro. Una prensa desmontable, despalilladoras manuales reconvertidas en eléctricas gracias a una molino de viento que todavía está instalado en la casa y más tarde a un grupo electrógeno, una romana pesa toneles también desmontable, un artilugio para arrancar las cepas muertas por la enfermedad de difícil nombre que azotó Europa y mató casi todas, la exención de impuestos a su tatarabuelo después de la enfermedad, alambiques, medidores de acidez, de grado alcohólico, cacillos, toda suerte de recipientes para transportar uva (de madera, de ruedas de camión…), arados romanos, sulfatadoras manuales y más nuevas… estamos más de una hora mirando, explicándome, intentando comparar con lo poco que yo conozco… y pasamos a ver las cups, o el lagar donde se fermentaba la uva con el hollejo. Tan distinto a lo nuestro. Recubierto de azulejo, ideal para limpiar, tiene hasta siete cups, ahora comunicados porque así lo ha querido Ramón y donde, al fondo, guardan una colección de vino desde 1902 hasta la época.
Confiesa que el abuelo todavía hace aguardiente con el hollejo de un amigo que tiene una bodega ecológica, del que me va a dar una botellita, me regala una de vino ecológico y unos tomates de la huerta, a la que no hecha nada (la cuida el abuelo y la hace cosas con ortigas… algo que me recuerda a Matavenero..).

Y me decido a acercarme a la bodega del tal Joan Ramón (sí, era un nombre de la zona que ha ido pasando de padres a hijos, como en el caso de Ramón, que desde su tatarabuelo así es, y así se llama su hijo, claro), a ver si aprendo algo. Y me recibe un negrito que le cuida la finca (yo hago de todo, la viña, pongo etiquetas, limpio…) y que no sabe qué vino de los 5 que tiene me va a gustar más. Y cuando ya me decido por una botella del más caro (14 euros!), aparece el dueño. Es joven aunque con el pelo totalmente blanco. Da la sensación de vivir bien y ser de esa gente de bien que decide marcharse al campo. Pruebo el vino, me explica que no es ecológico, sino biodinámico, lo que significa que hacen una especie de homeopatía a la tierra, usando sus propios brebajes y sin echar nada artificial. El vino es fuerte. El primero que pruebo tiene 12 meses en barrica y parece un vino joven. El año que más, tiene 30000 kgs de uva y la mayoría de su vino no lo vende aquí: USA, Japón, Italia, Alemania, Francia… este mercado en España está por desarrollar. Pero me comenta que cada vez hay más gente buscando este tipo de productos. Es enólogo. Termino comprándole una botella de cada, incluso del blanco, que está hasta sin filtrar y que él mismo me recomienda que decante y lo deje un rato hasta que se le vaya el olor a huevos podridos que tiene. Tengo ganas de llevárselo a mi tío, para que vea cómo hace la gente dinero.

Mañana saldré temprano. Ahora estoy, en mi silla, bajo el cenador del patio de atrás, viendo de nuevo atardecer. El valle está cubierto de bruma y el sol lo tiñe de amarillo, naranja, fucsia, hasta que se esconde tras las montañas. Tengo que volver a este sitio para poder patear por la zona y conocer a algún otro Ramón que me cuente su historia y me haga seguir dando vueltas a la idea de que en los pueblos se vive mejor.

5 de febrero de 2012

POBLET Y ESPLUGAS DE FRANCOLÍ


Madrugo. El monasterio de Poblet es Patrimonio de la Humanidad. Abre sus puertas a las 10, pero no sé a qué hora habrá visita guiada en castellano, así que decido llegar a primera hora, a ver si hay suerte. Son 10 kms lo que separan Montblanc de Poblet. Por el camino, viñedo, tierras de cultivo, montes por lo que se adivinan rutas preciosas, un pueblo… llegar a Poblet impresiona. Por la muralla, que bordea todo el monasterio (y las 9 hectáreas que todavía tienen en propiedad los monjes y que explota Raimar para hacer vino), y por las dimensiones del monasterio. Torres, claustros, iglesias, de proporciones inmensas. Empezado a principios del siglo doce conserva, a pesar del siglo de abandono después de la desamortización de Mendizábal (de nuevo), toda la elegancia de la arquitectura de finales del románico y del gótico. Arcos de medio punto en todas las salas, algunas con la piedra intacta, otras muy deterioradas por ser arenisca y haber habido filtraciones. Muros increíbles, chimeneas que se antojan desproporcionadas para la época y sin embargo, si piensas que la comunidad de monjes superó el centenar, tienen su sentido. Actualmente son 30 monjes los que viven de manera contemplativa en el monasterio, que pertenece al estado, pero desde el 1948 se lo cede para que pueda cumplir su cometido.
La iglesia impresiona por su retablo de alabastro y sorprende por sus arcos a ambos lados de la nave central, donde descansan los restos de los reyes de la corona aragonesa… desde Jaime primero el conquistador en adelante.. en total, 9 reyes y 6 reinas que actualmente se reparten en varias cajas todos mezclados después del saqueo en búsqueda de riquezas una vez comenzado el abandono.
Es curioso como explica Ramón (sí, otro Ramón diferente) las cosas. Espera a que le pregunten, le cuesta dar datos históricos, lo comenta todo como de pasada. Esta misma sensación la he tenido en el resto de explicaciones… es tan diferente a lo que estamos acostumbrados por el norte, que se hace extraño. Pero tiene la parte bonita de que la gente participa y comenta, dando su opinión.
Una hora, que se me antoja escasa, con toda la historia que tiene que tener el monumento y la vida que había en él, y ganas de conocer a alguien de dentro para poder ver el resto, que tiene que ser inmenso e igualmente interesante.
Al salir, empiezan a llegar hordas de gente. Oigo hablar inglés, francés, catalán. 

De vuelta, aprovecho para parar en Estplugas de Francolí. Aparco justo junto al mercadillo de ropa, zapatos y fruta. La gente toma el café de la mañana. Hay mucho movimiento en las calles. Doy un paseo, dejándome llevar y una señora con el carro de la compra se para, y me hace notar, o eso entiendo, porque habla catalán, claro, las cuestas tan empinadas que tiene el pueblo. Le digo que es cierto y que se lo tome con calma y me acaba contando que es de Almería, que le baja a la hija el pan todos los días y que a su marido en casa le habla en castellano, aunque la dice que no la entiende y ella le responde que la da lo mismo. Lo cuento, porque a la paisana la costaba hablar el castellano, lo que me ha hecho pensar cómo nos gusta “fastidiar” a quien tenemos al lado. O mantener la broma de algo muchos años, para no perder la complicidad. No entro a ver las cuevas, ni el museo del vino. Decido volver a Prenafeta a aprovechar un rayo de sol y echarme una siestecilla para a las 16, bajar donde Ramón a ver su museo del vino particular.

9 de septiembre de 2010

Montblanc (2) y Cal Gaya

Cada vez me gusta más el poder disfrutar de una visita guiada a pie por el centro de las poblaciones que tienen algo de historia. Por mucho que pasees, nunca verías los detalles en los que hacen que te fijes y siempre, siempre, aprendes algo (o mucho). Quizá la primera vez que sentí que merecía la pena fue en Cáceres, en el centro histórico. Unos años después, en Toledo. Hoy, como ayer, he vuelto a reafirmarme en mi idea de que no hay dinero mejor invertido que el que te gastes en una visita de este tipo. Da lo mismo si el guía es bueno, malo o regular. Siempre merece la pena. La de hoy, 5 euros, tres horas y cava incluido, no ha sido una excepción.
El guía, Enric, llegó hace 26 años a Montblanc, procedente de Barcelona. Confiesa, que siendo de ciudad ciudad (no ves? Yo no saludaba a nadie por la calle), le costó la adaptación a la vida de un pueblo, que a pesar de tener 7000 habitantes, sigue teniendo esas cosas que nunca pasarían en la ciudad, como que dos familias de pasteleros, vivan unos pendientes de los otros y no hagan sino lo que el otro haga.
Tres horas por el pueblo, dan para mucho y para poco. Un proyecto de catedral que se queda a medias, palacios que parecen casas que necesitan más que un arreglo, un hospital convertido en archivo que esconde un precioso claustro, otra bodega modernista que revela que cada maestrillo tiene su librillo a la hora de realizar el cava, otra iglesia con un precioso artesonado de madera, cómo el pueblo negocia el derrumbe de las casas junto a la muralla para poder mostrarla entera, anécdotas de restauraciones, familias, que solo viviendo en el lugar podrías llegar a conocer.
Después de un vaso de cava y unas avellanas, pienso que menos mal que solo voy a estar en esta zona unos días. Si no, me llevaría el maletero lleno de cada cava, cada vino, cada dulce de cada pueblo al que acabo yendo. Enric, en un aparte y antes de marcharme, me confiesa que San Nicolás de Bari es su preferida por encima de la Catedral, y la envidia sana de que nosotros podemos disfrutar de muchas más cosas que ellos, por las guerras que han tenido, según su versión, mucho más numerosas que las nuestras. Y además, me aconseja que le pida a Ramón que me enseñe las cups, antes de marcharme.

CAL GAYA

Son más de las dos de la tarde cuando acabo la visita y dirijo mis pasos a la pastelería Viñas, donde no puedo resistirme a comprar unas trufas de todos los sabores, a sabiendas de que hay pocas posibilidades de que lleguen sanas, y con un pequeño puntillo por el cava (que por primera vez me gusta y me acabo) cojo el coche camino al restaurante de Ramón: Cal Gaya. En el fondo, y en la superficie, la gente así me da envidia sana. Tienen su casa rural, preciosa Masía donde estoy alojada y donde el precio es el mismo durante todo el año y su restaurante, que abre los fines de semana (sábado y domingo al medio día), con una carta sencilla y un precio más que asequible. Además, tiene ese detalle de redondear a tu favor las vueltas, ponerte una copa de vino si estás sola y entiendes que una botella es mucho para ti y de concertarte una visita a su “modesto” museo del vino, a la hora que tú quieres, el día que te viene bien. Supongo que esta manera de vivir, que si n conocerla a fondo se me antoja relajada, hace que te plantees qué haces de tu vida y hacia donde estás yendo. Seguro que no es todo tan bonito como me lo imagino, pero por de pronto, sonreír es algo que se ve mucho más a menudo que en las ciudades y eso es algo de agradecer.

7 de septiembre de 2010

Barberá de la Conca

Entre los muchos pueblos que hay en la comarca para visitar, decido acercarme a Barberá de la Conca, pueblo que da nombre a la comarca, por el hecho de que en el mapa que me dio Ramón de la zona, hablan de visitas guiadas al castillo de los templarios. Llego con 20 minutos de adelanto, sin saber de dónde salen las visitas, ni haber avisado, ya que siendo una persona sola, “no hace falta”, como me dijeron en la oficina de turismo de Montblanc. El pueblo está en medio del valle, lo que parece una pequeña montaña y sus faldas. En lo más alto, la iglesia y el castillo. Aparco en la parte baja, y sin saber muy bien dónde ir, me encamino hacia el Castillo. El pueblo de callejuelas estrechas y empinadas, te sorprende con arcos en medio de las calles, que forman pasadizos o puentes, soportando casas enormes de vigas de madera. Es fácil imaginarse a gente vestida de regional, el agua sucia de las casas corriendo por las calles, los caballeros templarios paseando a caballo por sus empinadas calles.
No hay indicios de visita guiada, ni de nada que se le parezca. Por suerte, sale una chica de una casa. Rondará los cuarenta y tantos. La pregunto si sabe de dónde salen las visitas. “De la cooperativa”, responde con seguridad. “Pero espera que te lo pregunto”. No entiendo el por qué necesitar una afirmación a lo que ya sabe, pero espero bajo el sol mientras vuelve a casa. “Ramón… las visitas….?”. Vuelve a aparecer. Me indica cómo ir. Estoy en lo más alto del pueblo, tengo que volver a bajar. “Al fondo, a la derecha”. Doy las gracias y echo a andar… en un momento dado, un coche se pone a mi lado, y me sigue unos metros, a mi paso… sigo andando sin hacer caso hasta que vuelvo la cabeza y miro dentro… es la chica de antes, haciendo un gesto con la mano, que indica sube, que te llevo. No pita, solo me sigue hasta que me doy cuenta. Me acerca hasta la Agrobotica (la tienda de la cooperativa agrícola) en su coche y se asegura de que entro bien antes de marcharse.
Dentro, pregunto por las visitas guiadas. María, la dependienta, me regala una sonrisa y me dice que si no he avisado antes, a lo que respondo con una negativa. Me tiende una tarjeta de un alojamiento rural y llamo. Parece que hay tres guías que se van turnando. Al otro lado, una voz vivaracha a la que explico que estoy yo sola, que no hay nadie más. “Pues seremos tú y yo solos”. Quince minutos después, aparece Ramón, el mismo al que antes habían preguntado de dónde salían las visitas. “Yo estoy de vacaciones, pero el oficial no aparece, así que encantado de explicártelo. Qué quieres, ¿la visita general o solo el castillo?”. Él mismo decide que me va a explicar la visita general. Se recrea en la historia del pueblo, van cayendo uno tras otro Jaume I el Conquistador, diversas familias poderosas, los templarios, los hospitalarios, Mendizábal, la Guerra Civil, Sarasola el poeta… pero también el abogado que compró la casa del señor del pueblo, que era gay y mayor y la puso a nombre de su novio, muchos años más joven que él, pero que enfermó y murió y la historia de la herencia; la Señora Nuria, depositaria de la llave de la iglesia, Makoto, japonesa que apareció en bicicleta por el pueblo y nadie sabe muy bien cómo lleva dos meses ayudando a Ester, la dueña del bar y dando masajes estupendos por la voluntad… y vemos la iglesia, y vemos el castillo del siglo XI y la historia de nunca acabar del mismo, y acabamos en la bodega modernista construida por un discípulo de Gaudí, en los desagües del agua sucia, ahora despensa donde se colocan las botellas del cava y una vez fermentada, cada día, durante doce consecutivos, se les da un cuarto de vuelta para poder quitar los posos antes de encorcharlas. Cinco euros y dos horas después, me despido con la promesa de que cuando pasen por Burgos el año que viene, en el tramo del camino de Santiago que les corresponde, les llevaré a comer lechazo o por lo menos, al Patillas. Y a María, que además de atender la tienda y dar la vuelta a las botellas de cava y etiquetarlas, termino comprándola unas ricas botellas de vino blanco y una de “el mejor cava que tenemos”, que seguro que sólo por el cariño con el que habla de ello, tiene que estar espectacular.
Una última vuelta por el pueblo para hacer cuatro fotos con mi tarjeta llena, hace que alguien me cuente que había otro arco tan curioso como el de la casa del abogado, por un lado románico y por el otro gótico, pero que lo tiraron por “viejo”. Y que los tractores se los vendía un tal Julián Alonso, en Lerma, fíjate qué casualidad.
Otra vez, me quedo con la sensación de que tengo que volver. Y otra vez, asumo que igual es la primera pero la última vez que paso por ese precioso pueblo donde la gente se saluda y te cuenta un chascarrillo al pasar a su lado. O quizá no.

MONTBLANC

Como en el mismo folleto de información y turismo indica, en el año 2000, Montblanc y la comarca apuestan por dedicarse al turismo y desde entonces, es la ciudad de la costa dorada de interior más visitada. Planos con rutas entre pueblos y por las montañas, visitas guiadas a los monumentos, a las bodegas modernistas, incluso a la montaña.
El casco antiguo de la ciudad está rodeado por una muralla de altos torreones, que originalmente tenía tres puertas y en la que hoy se abren unas cuantas más, eso sí, menores. De calles estrechas y empedradas, las casas antiguas con dibujos en la fachada, arcos o ventanas góticas se entremezclan con las que no tienen nada de especial y necesitan una mano de pintura. Es una ciudad de detalles. Las plantas en la calle al girar la esquina, una iglesia del siglo trece impresionantemente alta con dos minots a los que están vistiendo después de su viaje a Polonia, una tienda de cerámica dentro de lo que parece una antigua bodega de techo de ladrillo artesano y madera, ferreterías de las de antes, un taller de forja artesanal… Lo antiguo se mezcla con lo moderno pero con el gusto de las cosas bien hechas.
Los abuelos hablan a los nietos en catalán, y los padres a lo hijos. La gente es amable y cuando a su catalán les contestas en castellano, te responden en tu idioma, aunque a veces se les escape y tengas que volver a preguntar, lo que arreglan con una sonrisa, un lo siento, un de donde vienes, qué lejos, te está gustando, pásate por el museo de las costumbres que es bonito y barato…

Prenafeta (I)


A cuatro kilómetros de Montblanc, en la ladera de unas montañas, se encuentra Prenafeta, pueblo donde se acaba la carretera (“menos mal”, como dice Ramón, el dueño de la masía donde me encuentro).

La carretera que te acerca sinuosa hasta el pueblo está flanqueada con verdes viñedos. Estamos en la Conca del Barberá, y aquí también se levanta el cierzo por la tarde. El pueblo parece una suerte de casas dispersadas, siempre rodeadas de grandes jardines adornados con pinos, olivos, cipreses. La forma de las casas se adivina entre las ramas dejando ver su color arcilloso, bien por el acabado que las recubre para adornarlas con dibujos florales (como la flor de Lis), bien por la piedra, que hace recordar a la burgalesa por lo claro de su color.
La Mas (masía en catalán, el idioma que aquí hablan todos, seguramente de toda la vida), se encuentra en la falda de la montaña, al final del pueblo. De ella parte el camino hacia el verdadero pueblo, junto a una calzada romana secundaria, con su iglesia románica y sus casas derruidas, que todavía no he ido a ver. También se sube hasta lo más alto, donde se encuentran las ruinas del castillo del pueblo y ondea la bandera catalana. Parece que Ramón se excusa de que allí se encuentre, explicando que la semana pasada fue la fiesta mayor.

No se oyen coches, solo el murmullo del aire y un perro que ladra triste a lo lejos. El atardecer es espectacular. Sobre las montañas, un amarillo que solo se ve junto al mar. Llueve al sur.